sábado, 28 de marzo de 2015

La guitarra

Siempre que tomo un vuelo diurno elijo sentarme en la ventanilla porque me gusta ver el mundo. Así una vez, yendo de Buenos Aires para Europa, me quedé impresionado porque el avión iba tan alto que se veía perfecto la curvatura de la Tierra. “O sea que es redonda”, pensé y me sentí un poco como Santo Tomás que no creía si no veía. Otra vez, camino a Ushuaia en un vetusto Fokker de la Fuerza Aérea, aparecieron, como en los mapas Rivadavia que usábamos en el primario, la Península Valdés y el Estrecho de Magallanes.

Hace unos años, mirando por la ventanilla en un vuelo de Buenos Aires a Santiago de Chile, pude ver, en un pequeño punto de la inmensidad de la pampa argentina, lo que parecía ser el casco de una estancia con los árboles plantados en forma de guitarra. La imagen era notable: un montón de árboles altos puestos de tal manera que formaban el contorno una inmensa guitarra, con una avenida que parecía ser de lapachos en el lugar de las cuerdas. Tomando el horario del despegue e imaginando unos setecientos kilómetros por hora de velocidad supuse que esa misteriosa guitarra estaría en el oeste de Buenos Aires o en el sur de Córdoba. En el vuelo de regreso pedí ventanilla del lado opuesto al de la ida para volver a toparme con la guitarra, pero las nubes lo impidieron.  

Años más tarde —ahora— caigo por casualidad en una nota de 2011 que salió en el Wall Street Journal donde se pusieron a investigar la anónima guitarra. 

Pedro Martín Ureta se casó en la década del 60 con Graciela Iraizoz, que murió en 1977, a los veinticinco años, embarazada de su quinto hijo. Cuenta Pedro que una vez Graciela se tomó un avión y se sentó en la ventanilla y vio el casco de una estancia que parecía tener la forma de un balde. Le divirtió y le propuso a su marido hacer lo mismo en la estancia propia, pero en vez de un balde con forma de guitarra. Él en su momento no le dio mucha bolilla, confiesa ahora.

Tras la muerte de Graciela, Pedro decidió cumplir el deseo. Intentó contratar a paisajistas y jardineros pero todos le dijeron estás loco, cómo vas a querer hacer un casco con forma de guitarra y aparte en el sur de Córdoba hay viento y sequía y cuices y liebres que destruyen las plantas. Así que el tipo agarró y mientras criaba solo a sus cuatro hijos aprendió jardinería y se puso a plantar árbol tras árbol, como quería su esposa muerta. El contorno y la boca de la guitarra están hechos de cipreses y las cuerdas no son lapachos sino eucaliptos azulados. Pedro tuvo que sembrar y resembrar porque, como le decían los paisajistas y los jardineros, en el sur de Córdoba hay viento y sequía y cuices y liebres que destruyen las plantas, hasta que finalmente inventó unos sarmientos de metal que cubrían el arbusto hasta que se convirtiera en árbol.

Con el paso del tiempo los hijos de Pedro y Graciela crecieron al igual que los árboles y finalmente se pudieron ver los frutos de tanto trabajo. La guitarra de cipreses y eucaliptos es celebrada por los enamorados de todo el mundo, por los periodistas del Wall Street Journal, por los pilotos de Aerolíneas Argentinas y de Lan Chile, y hasta por los holandeses de la KLM que tienen un vuelo a Buenos Aires que después sigue a Santiago. 

La Estancia La Guitarra, sobre la ruta 7 cerca de General Levalle, es un pequeño punto turístico en la riquísima nada que separa Buenos Aires de los Andes. 

Todos los que vuelan de Buenos Aires a Santiago de Chile pueden verla siempre que se sienten en la ventanilla del lado derecho y el día esté soleado. Todos, menos su creador. 

Pedro Martín Ureta nunca vio el homenaje que, con tanto esfuezo, le hizo a su mujer.

Le tiene miedo a los aviones.


lunes, 27 de octubre de 2014

El abra de Tumbaya

En Edimburgo hay una librería de usados de esas que uno imaginaba que existen solo en Buenos Aires, un sucucho con una puertita a la calle y miles de libros de todos los temas y épocas apilados en la forma más caótica posible y un librero que, sentado en su escritorio, conoce exactamente qué tiene y dónde lo guarda. Voy poco porque en esta época en que andamos todos apurados cada ida implica media hora de charla con el librero, amante de Shakespeare y los clásicos rusos, como todos los libreros de usados del mundo.

Es claro que el librero, un pelado gordito muy escocés de unos cincuenta años, habla ruso y alemán: los libros en esos idiomas están ordenados y, dentro del caos, bastante clasificados. También es claro que el librero no maneja ninguna lengua romance: como quien piensa que son todas lo mismo, las obras en castellano, francés, italiano y portugués se confunden en dos pilas de metro y medio de alto que nacen en el suelo.

Pispeando las columnas latinas una tapa rosa que se divisaba por lo bajo me llamó la atención. Corrí un par de libros que tenía encima y al abrir en la página uno no pude evitar sonreír, mezcla de alegría y de sorpresa: “Al ponerse el sol de una tarde de octubre, tibia y perfumada, una columna, compuesta de un escuadrón y dos batallones subía a la quebrada de León, mágico pensil que desde la tablada de Jujuy se extiende, en un espacio de nueve leguas, hasta las mineras rocas de El Volcán.”

Dormía entre millones de tedios sobre crítica literaria, en una librería de usados de Edimburgo, El pozo del Yocci, de Juana Manuela Gorriti, “libro de edición argentina printed in the United States of America”. Aquí también se ponía el sol de una tarde de octubre, aunque fría y sin perfume, cuando, de la mano de la autora, me adentré en plena independencia argentina, en el abra de Tumbaya rumbo al Alto Perú pasando por el fresco vallecito de Tilcara. Me encontré, en el pequeño puesto de La Quiaca, con el hijo de Fernández Campero, el último marqués de Yavi, que estaba ahí con unos pobres correntinos. Y por un ratito, en el oscuro otoño escocés, me sentí muy cerca de casa.

Levanté la vista y el librero, pelado y gordito, me estaba mirando. “Lo llevás, ¿verdad?”, me preguntó.

sábado, 10 de mayo de 2014

Argibay

Para los que trabajamos en el Poder Judicial, representaba la esperanza de que cualquier pinche puede llegar a ministro de la Corte Suprema. Había ocupado prácticamente todos los cargos de la carrera judicial, desde auxiliar hasta juez de tribunal oral. En muchos de ellos fue la primera mujer, como cuando la designaron secretaria de la Cámara Criminal y Correccional de la Capital. En ese entonces, para las mujeres estaban los cargos –bajos– en el fuero de familia. Penal era cosa de machos. Y fue también la primera mujer designada en la Corte en democracia. Su única antecesora era Margarita Argúas, una civilista de prestigio que pasó fugazmente durante la dictadura de Onganía.

Era mujer de despacho, de expediente. Soltera, sin hijos, vivió siempre con su madre en un departamento de la calle Montevideo, no muy lejos de Tribunales. Desarrolló alguna actividad académica –la UBA la tuvo como profesora adjunta, por concurso, de penal y procesal penal–, pero lo suyo eran las causas. Junto con la otra mujer, Elena Highton, ex jueza de la Cámara Civil, le dieron el toque judicial a un tribunal donde se juntan miembros de la política, del ejercicio liberal de la profesión y de la academia. Las estadísticas de Gustavo Arballo demuestran que era una solitaria: creía que la Corte era un tribunal constitucional que debía expedirse sólo en temas trascendentales. No dudó en aplicar el certiorari del art. 280 CPCCN en miles de expedientes, aún en disidencia. “Los jueces, por definición, deben ser antipáticos”, dijo una vez en una entrevista.

Su voto en el caso del aborto no punible –“F., A. L. s/Medida autosatisfactiva”– es quizás el mayor exponente del pensamiento argibayano: a la Corte le corresponde analizar si la norma es constitucional o no y punto. Todo lo demás, la declaración jurada de que la mujer fue violada, el instructivo a realizar por cada provincia para actuar en casos como este, etc., son cosas que corresponden al Ejecutivo y al Legislativo. Al decir que el aborto, en el supuesto previsto en el Código Penal, es constitucional, se agota la competencia de la Corte.

Estaba esperando su voto en el caso del hombre en muerte cerebral cuya familia solicitó su desconexión. Tendré que quedarme con las ganas.

La última vez que la vi me dijo que “me gustaría contarte que estoy bien de salud, pero no es así”. Fumadora empedernida con voz ronca, el cigarrillo terminó por matarla. Ya en La Haya había alquilado un departamento moderno en las afueras: las casas viejas del centro no tenían ascensor y se agitaba al subir las escaleras. Además, precisaba lugar para poner el piano: su madre, que la visitaba, era una impecable pianista. Al Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia iba en colectivo.

Tenía asignado un auto con chofer, que usaba apenas para asistir a los eventos oficiales. Mantenía un bajísimo perfil y ese anonimato le permitía subirse a un taxi como cualquier persona de a pie. Los hospitales donde se internaba me hacen pensar que incluso no tenía medicina prepaga sino que se hacía atender por la Obra Social del Poder Judicial.

Ferozmente independiente, no le atendía el teléfono a quienes la llamaban y rara vez aceptaba visitas en su oficina. Nunca le interesó ser presidenta del tribunal; el cargo, además, implicaba ir todos los días a firmar el despacho diario y su salud no se lo permitía. Sí creó la Oficina de la Mujer, desde donde presentó estudios sobre el machismo en el Poder Judicial y planteó crear lactarios en los tribunales –aún hoy muy pocos los tienen–.

La pérdida de Carmen Argibay no es sólo la de una gran jueza. Es, sobre todo, la de una muy buena persona.

martes, 3 de diciembre de 2013

La situación

Vacía como pocas veces y con una ligera brisa agradable, la Cañada se estremeció con los primeros tiros que se oyeron desde la Vélez Sarsfield. El kiosquero de San Luis cerró la persiana con cara de terror y los pocos vecinos que quedaban se acobacharon detrás de sus dobles cerraduras.

Mientras uno puteaba porque se había olvidado de comprar puchos, unas cuadras más allá, donde Pueyrredón se convierte en Estrada, los celulares de los estudiantes pedían tregua ante las constantes llamadas de las madres angustiadas en provincias alejadas. El bar de la esquina de Buenos Aires, ese que nunca cerraba, funcionó como punto de reunión de los unidos por la desesperación, convertidos en ese momento en un aborto de grupo paramilitar. Cincuentones que no manejaban armas desde el servicio militar, veintiañeros que nunca hicieron el servicio militar y algunas mujeres armaban algo así como un plan de logística para defender la zona.

El contador González, el tipo más tranquilo de todos, fue el que le tiró el primer cascotazo a un motoquero que intentaba reventar la inmobiliaria de Sergio Villella. El contador González, el tipo más tranquilo de todos, se largó a llorar después, como quien no se reconoce. Justo él, que paseaba a su perro por el Parque Sarmiento todas las mañanas y que gustaba de oír a Bach, se había convertido en un violento. No se había dado cuenta, lo superó la sorpresa, la bronca, la incertidumbre, el miedo.

"Tranquilo, contador. Es la situación", oyó que lo consolaba alguien, mientras un joven con tonada santiagueña pensaba en voz alta que hay que ser pelotudo si creés que podés sacar algo de una inmobiliaria.

Al flaquito de la moto, que tendría unos veinte años como mucho, lo lincharon entre varios y el contador González se acordó de una foto de los de Sendero Luminoso en el Perú, que lapidaban a sus víctimas, que acompañaba una edición de un libro de Vargas Llosa que una vez había leído. El flaquito de la moto, que tendría unos veinte años como mucho, terminó la napia contra el asfalto, ensangrentado. Al contador González le impresionó que no gritara, que estuviera resignado ante su suerte, como quien no tiene qué perder. 

"Basta, basta, ¡lo van a matar!", se oyó a sí mismo gritar el contador González, y los cincuentones se frenaron y lo miraron con sorpresa. "¿Por qué basta? Que se cague", se quejó una señora.

Por la televisión del bar de la Buenos Aires insistían en que habían destruido el Cordiez de frente al Teatro y el kiosquero de San Luis y Belgrano se agarró la cabeza cuando vio que no había renovado el seguro del local, ese que su mujer había sacado una vez sin avisarle. En el edificio del contador González, sobre Obispo Oro, el guardia de seguridad, él también muerto de miedo y pensando en su familia en Ciudad de Mis Sueños, terminaba de recorrer los pisos. "Apaguen las luces, bajen las persianas y si van a ver la televisión bajen el volumen", les pidió a los copropietarios e inquilinos. 

Hasta LV3 había cambiado los boleros de trasnoche de Luis Beresovsky por un noticiero.

Por la Cañada ya no caminaba nadie y se oía el ruido de la ambulancia que iba a buscar al flaquito de la moto para internarlo. El contador González, abatido, abandonó el puesto de vigilancia vecinal y al caminar vio que todos los que circulaban lo hacían unos al lado de los otros, buscando protección. "En manada", pensó el contador González, pero la vidriera rota de la panadería de su cuadra le interrumpió las reflexiones. Adentro no quedaba nada salvo el dueño que lloraba.

Saludó con una mueca al guardia de seguridad, subió al tercer piso y vio que al abrir el ascensor varios vecinos se asomaban. "Ah, contador, es usted, qué susto", le dijeron, y volvieron a encerrarse. Encendió el televisor y le dieron ganas de fumar a él que nunca había fumado. Buscó en la cajonera de la cocina y encontró un atado de Particulares de su madre fallecida. Con un fósforo encendió el cigarrillo y tosió al aspirar. "En las películas se ve más fácil", dijo en voz alta y apagó el pucho contra un plato. 

Encontró al perro debajo de la cama. "Vos también tenés miedo", le dijo forzando una sonrisa.

Por la pared del dormitorio oía el televisor encendido en el departamento de al lado. El gobernador había vuelto de vacaciones por la crisis y anunciaba, con tono heroico, que no daría el brazo a torcer. La cara del flaquito de la moto, que tendría unos veinte años como mucho, se le apareció, seguida por el sonido del cascotazo y el "Que se cague" de la señora.

Pero lo que más fuerte oía el contador González era la voz de aquel hombre que, con naturalidad, lo consoló.

"Tranquilo, contador. Es la situación."

domingo, 16 de junio de 2013

Economía

Sobre la calle principal de Tilcara, que como todo en Jujuy se llama Belgrano, había una señora que en su pequeño rescoldo preparaba unas riquísimas tortillas de pan sin levadura que cobraba un peso o dos si la querías con jamón. Era una costumbre con la primada alguna tarde durante las visitas comprar una botella de cerveza y sentarse en la plaza a merendar ese manjar. En verano, a partir de que Tilcara se puso de moda con los porteños, para comprarle la tortilla a la señora había que hacer cola, pero ella no se inmutaba y las preparaba de a una con tranquilidad. “Tiempo andino”, llama a esa parsimonia una prima mía que conoce las montañas desde Chile hasta Colombia.

Un señor visiblemente porteño, que esperaba su turno y tenía hambre, se acercó al rescoldo y a la señora para sugerirle hacer dos tortillas al mismo tiempo. “Tiene lugar en la parilla –le dijo-, y si hace de a dos no sólo va a haber menos fila, sino que usted va a ganar más, porque podrá atender al doble de gente y cada persona que no le compró porque había que esperar va a venir a comprarle”.

La mujer, con sus ojos aindiados y sus manos gastadas, lo miró un instante y dio vuelta la tortilla. Cuando el porteño se estaba por dar por vencido en obtener una respuesta, ella volvió a mirarlo y le contestó:

“Puede ser lo que usted dice. Pero la verdad, ¿yo qué apuro tengo?”

viernes, 7 de junio de 2013

Tradiciones

Desde que recuerdo, mis veraneos de infancia fueron todos en la costa uruguaya. La familia tenía una casa de aquel lado del río y viajábamos, a veces en barco, a veces por tierra, a mediados de diciembre, mínimo por mes, mes y medio. Hacia mi adolescencia empezamos a ir cada vez menos, sobre todo desde que mamá se mudó afuera. Hasta que para mi cumpleaños de 20 vendimos la casa.

Cada vez que viajábamos en barco con el viejo teníamos una suerte de tradición que no sabíamos que era tal: comprar, en el puerto, la revista Selecciones del Reader’s Digest. Yo tendría unos diez años y me encantaban las páginas intercaladas que tenían chistes aptos para todo público –“La risa, remedio infalible”, siempre titulaban– y pequeñas historias con moraleja sobre alguna viejita en un poblado de Arkansas o un dentista solidario en Oklahoma.

La Selecciones sobrevivía en alguna mesa de la casa durante toda la temporada. Creo que ahí nació mi costumbre de releer diarios viejos. Siempre alguien, me incluyo, agarraba la revista y se ponía a investigarla, por más que ya la hubiera leído. Sabíamos todos que, en el fondo, las ediciones del Reader’s Digest son todas más o menos iguales. Esa, creo, es la gracia de la revista.

El recuerdo permaneció dormido en mi memoria hasta que el otro día, a la altura de la estación de Castro Barros, se me sentó al lado en el subte una señora de unos cincuenta años que leía, muy divertida, el Reader’s Digest. No llegué a pensarlo y ya estaba hojeando la revista, con el disimulo propio de los que no queremos que sepan que estamos mirando lo que lee el de al lado. La señora leía una nota sobre la familia moderna. Pasaron muchos años, pero las ediciones del Reader’s Digest siguen siendo más o menos iguales.

La nota era larga y la señora se tomaba su tiempo en estudiarla. Mientras, yo pensaba que no sabía que la Selecciones siguiera existiendo. La imaginaba desaparecida desde hace años. Las ediciones que comprábamos en el puerto las suponía las últimas, si se piensa que, en realidad, el Reader’s Digest tenía sentido como método de exportación de la American way of life en un mundo bipolar que, cuando yo tenía 10 años, ya había dejado de existir.

Pero la señora seguía leyendo la nota sobre la familia moderna y llegábamos ya al Congreso. Le sonreí al levantarme del asiento y ella no pareció entender. Al subir a la superficie, recorrí un par de kioscos hasta que di con el número de este mes de la Selecciones. Le pagué al diariero y ahí mismo, como un niño, abrí la revista.

Sonreí cuando encontré lo que buscaba. Después de la primera nota, intercalada, la columna de chistes aptos para todo público con el mismo título de cuando era niño: “La risa, remedio infalible”.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Remate

Tenía mi tío un pedazo de tierra, que en realidad era de su mujer, en un punto perdido de la geografía de Entre Ríos. Allí pasó la mayor parte de su vida y hasta una vez escribió un librito, que le publicó un sobrino con imprenta, sobre sus experiencias con los rusos alemanes, que es como en la costa del Uruguay llamaban a los alemanes del Volga, esos que puteaban a la peste de la langosta el idioma de Nietzsche mientras tomaban mate del samovar.

En los momentos de soledad, que eran muchos, y cuando tenía un problema de salud, mi tío le rezaba a una figura de la Virgen que había puesto en el pasillo al lado de su dormitorio. Decía que después de orar un rato se sentía mucho mejor y, si era de noche, lograba dormir unas horas.

Una tarde, ya retirado en un departamento porteño y el pedazo de tierra a cargo de sus hijos, lo fui a visitar. Aunque tenía más de noventa años y arrastraba los pies al caminar, seguía siendo uno de los hombres más duros que conocí. Esa tarde, no obstante, estaba caído, triste. “¿Qué te pasa?”, le pregunté.

Me mostró un aviso que había salido ese día en el diario: Saráchaga remataba los muebles de la casa del pedazo de tierra, algunos con bastante valor más por viejos que por lindos.

“Me enteré por el diario. Nadie me avisó -me dijo-. ¿Y sabés qué es lo peor? Ya me vendieron la Virgen”.