Areguá, Paraguay
miércoles, 8 de julio de 2015
lunes, 13 de abril de 2015
Gaviria
No conocí —no tuve el gusto— a Carlos Gaviria Díaz sino a través de sus sentencias en la Corte Constitucional de Colombia. Sonrisa pícara, pelo blanco y barba, fue el primer juez supremo sudamericano en decir que la homosexualidad no era un delito —“el comportamiento recto o desviado de una persona nada tiene que ver con sus preferencias sexuales”—, que la eutanasia era constitucional y que las leyes que regulan la profesión de periodista son inválidas porque la limitan. También reconoció el derecho de las comunidades indígenas a obtener indemnizaciones si se le expropiaban sus tierras y ordenó el retiro de un artículo del Código Civil colombiano que prohibía el matrimonio “de la mujer infiel con su cómplice” pero nada decía del marido con su amante.
Liberal, casi libertario, si en Sudamérica estudiamos los fallos de la Corte Constitucional de Colombia, período 1993-2001, es gracias a él.
Carlos Nino lo ayudó a instalarse en Buenos Aires en los ’80, cuando la muerte le pasó demasiado cerca en Medellín. Los paramilitares, como tantos otros, pensaban que creer en la libertad es atentar contra los valores de la patria y lo habían marcado. A él, que no era comunista, que había estudiado en Harvard y que en el fondo nunca había sido más que un profesor de la Universidad de Antioquia. A la guerra civil colombiana la llamó “esta exasperante lucha contra las tinieblas”. De su paso por Estados Unidos lo que más le impactó no fueron sus estudios sino Nueva York, “abrumadora megalópolis en la que se sintetiza el mundo”. Recordaba sus vermús en el Tortoni, adonde no lo echaban pese a que estiraba el vaso para leer usados regateados en Corrientes.
El final de su mandato en la Corte Constitucional lo encontró frente a un Álvaro Uribe que a Colombia le parecía la solución y a él un totalitario. Se presentó al Senado y ganó: fue el quinto candidato más votado del país. En las elecciones presidenciales de 2006 se postuló por el Polo Democrático Alternativo, un rejunte de lo poco que no había sido cooptado por Uribe. Cuando un académico, un juez jubilado, un intelectual tiene que salir a la calle y militarse su campaña presidencial es porque las reservas políticas del país están extinguidas. Tras una campaña sucia y amenazas de muerte, sacó dos millones y medio de votos. Los analistas coincidieron en que la mayoría no votó al partido; lo votaron a Gaviria, al profesor de pelo blanco y barba que en un país destruido por la guerra civil hablaba de ética pública y de honestidad en el ejercicio de los cargos: “la política es simplemente la búsqueda de la mejor forma de convivencia”.
sábado, 11 de abril de 2015
Miedo
Una medianoche de verano hace algunos años iba caminando por la calle Coronel Díaz cuando se me acercó un flaco corriendo a pedirme plata. Le dije que no de mala manera y seguí mi camino. Mientras avanzaba por la vereda opuesta al parque, la del edificio de la SIDE, pude ver cómo hacía la misma jugada con dos señoras. Volví sobre mis pasos y lo miré. Alto, flaco, morocho, tenía cara de buen pibe. Le dije “hermano, así no va a andar esto, si querés guita y no vas a chorear no podés meter miedo”. El pibe me miró y, aunque no contestó, puso cara de entender. Le di diez pesos y lo dejé.
Me lo volví a cruzar meses después en la esquina de Santa Fe y República Árabe Siria, justo donde empieza o termina el Jardín Botánico. Nos dimos la mano y de nuevo le dejé diez guitas. Parecía haber aplicado lo que le dije o al menos se suavizó de algún modo: en el bar de esa esquina no son de bancarle mucho la parada a los que piden unos mangos.
Hace unas noches volví a verlo por Las Heras. Estaba apurando a un par de chicas que esperaban el 93 y que nerviosas sacaron cinco mangos de la cartera. Dejé que terminara su trabajo y me acerqué. Me dio la mano y le dejé veinte pesos, la inflación.
“— ¿Volviste a meter miedo, papi?
— Es la que va, la gente está re cagada. Levantás un poco la voz y enseguida te tiran unos pesitos” me dijo, con una sonrisa pícara.
sábado, 28 de marzo de 2015
La guitarra
Siempre que tomo un vuelo diurno elijo sentarme en la ventanilla porque me gusta ver el mundo. Así una vez, yendo de Buenos Aires para Europa, me quedé impresionado porque el avión iba tan alto que se veía perfecto la curvatura de la Tierra. “O sea que es redonda”, pensé y me sentí un poco como Santo Tomás que no creía si no veía. Otra vez, camino a Ushuaia en un vetusto Fokker de la Fuerza Aérea, aparecieron, como en los mapas Rivadavia que usábamos en el primario, la Península Valdés y el Estrecho de Magallanes.
Hace unos años, mirando por la ventanilla en un vuelo de Buenos Aires a Santiago de Chile, pude ver, en un pequeño punto de la inmensidad de la pampa argentina, lo que parecía ser el casco de una estancia con los árboles plantados en forma de guitarra. La imagen era notable: un montón de árboles altos puestos de tal manera que formaban el contorno una inmensa guitarra, con una avenida que parecía ser de lapachos en el lugar de las cuerdas. Tomando el horario del despegue e imaginando unos setecientos kilómetros por hora de velocidad supuse que esa misteriosa guitarra estaría en el oeste de Buenos Aires o en el sur de Córdoba. En el vuelo de regreso pedí ventanilla del lado opuesto al de la ida para volver a toparme con la guitarra, pero las nubes lo impidieron.
Años más tarde —ahora— caigo por casualidad en una nota de 2011 que salió en el Wall Street Journal donde se pusieron a investigar la anónima guitarra.
Pedro Martín Ureta se casó en la década del 60 con Graciela Iraizoz, que murió en 1977, a los veinticinco años, embarazada de su quinto hijo. Cuenta Pedro que una vez Graciela se tomó un avión y se sentó en la ventanilla y vio el casco de una estancia que parecía tener la forma de un balde. Le divirtió y le propuso a su marido hacer lo mismo en la estancia propia, pero en vez de un balde con forma de guitarra. Él en su momento no le dio mucha bolilla, confiesa ahora.
Tras la muerte de Graciela, Pedro decidió cumplir el deseo. Intentó contratar a paisajistas y jardineros pero todos le dijeron estás loco, cómo vas a querer hacer un casco con forma de guitarra y aparte en el sur de Córdoba hay viento y sequía y cuices y liebres que destruyen las plantas. Así que el tipo agarró y mientras criaba solo a sus cuatro hijos aprendió jardinería y se puso a plantar árbol tras árbol, como quería su esposa muerta. El contorno y la boca de la guitarra están hechos de cipreses y las cuerdas no son lapachos sino eucaliptos azulados. Pedro tuvo que sembrar y resembrar porque, como le decían los paisajistas y los jardineros, en el sur de Córdoba hay viento y sequía y cuices y liebres que destruyen las plantas, hasta que finalmente inventó unos sarmientos de metal que cubrían el arbusto hasta que se convirtiera en árbol.
Con el paso del tiempo los hijos de Pedro y Graciela crecieron al igual que los árboles y finalmente se pudieron ver los frutos de tanto trabajo. La guitarra de cipreses y eucaliptos es celebrada por los enamorados de todo el mundo, por los periodistas del Wall Street Journal, por los pilotos de Aerolíneas Argentinas y de Lan Chile, y hasta por los holandeses de la KLM que tienen un vuelo a Buenos Aires que después sigue a Santiago.
La Estancia La Guitarra, sobre la ruta 7 cerca de General Levalle, es un pequeño punto turístico en la riquísima nada que separa Buenos Aires de los Andes.
Todos los que vuelan de Buenos Aires a Santiago de Chile pueden verla siempre que se sienten en la ventanilla del lado derecho y el día esté soleado. Todos, menos su creador.
Pedro Martín Ureta nunca vio el homenaje que, con tanto esfuezo, le hizo a su mujer.
Le tiene miedo a los aviones.
lunes, 27 de octubre de 2014
El abra de Tumbaya
En Edimburgo hay una librería de usados de esas que uno imaginaba que existen solo en Buenos Aires, un sucucho con una puertita a la calle y miles de libros de todos los temas y épocas apilados en la forma más caótica posible y un librero que, sentado en su escritorio, conoce exactamente qué tiene y dónde lo guarda. Voy poco porque en esta época en que andamos todos apurados cada ida implica media hora de charla con el librero, amante de Shakespeare y los clásicos rusos, como todos los libreros de usados del mundo.
Es claro que el librero, un pelado gordito muy escocés de unos cincuenta años, habla ruso y alemán: los libros en esos idiomas están ordenados y, dentro del caos, bastante clasificados. También es claro que el librero no maneja ninguna lengua romance: como quien piensa que son todas lo mismo, las obras en castellano, francés, italiano y portugués se confunden en dos pilas de metro y medio de alto que nacen en el suelo.
Pispeando las columnas latinas una tapa rosa que se divisaba por lo bajo me llamó la atención. Corrí un par de libros que tenía encima y al abrir en la página uno no pude evitar sonreír, mezcla de alegría y de sorpresa: “Al ponerse el sol de una tarde de octubre, tibia y perfumada, una columna, compuesta de un escuadrón y dos batallones subía a la quebrada de León, mágico pensil que desde la tablada de Jujuy se extiende, en un espacio de nueve leguas, hasta las mineras rocas de El Volcán.”
Dormía entre millones de tedios sobre crítica literaria, en una librería de usados de Edimburgo, El pozo del Yocci, de Juana Manuela Gorriti, “libro de edición argentina printed in the United States of America”. Aquí también se ponía el sol de una tarde de octubre, aunque fría y sin perfume, cuando, de la mano de la autora, me adentré en plena independencia argentina, en el abra de Tumbaya rumbo al Alto Perú pasando por el fresco vallecito de Tilcara. Me encontré, en el pequeño puesto de La Quiaca, con el hijo de Fernández Campero, el último marqués de Yavi, que estaba ahí con unos pobres correntinos. Y por un ratito, en el oscuro otoño escocés, me sentí muy cerca de casa.
Levanté la vista y el librero, pelado y gordito, me estaba mirando. “Lo llevás, ¿verdad?”, me preguntó.
Pispeando las columnas latinas una tapa rosa que se divisaba por lo bajo me llamó la atención. Corrí un par de libros que tenía encima y al abrir en la página uno no pude evitar sonreír, mezcla de alegría y de sorpresa: “Al ponerse el sol de una tarde de octubre, tibia y perfumada, una columna, compuesta de un escuadrón y dos batallones subía a la quebrada de León, mágico pensil que desde la tablada de Jujuy se extiende, en un espacio de nueve leguas, hasta las mineras rocas de El Volcán.”
Dormía entre millones de tedios sobre crítica literaria, en una librería de usados de Edimburgo, El pozo del Yocci, de Juana Manuela Gorriti, “libro de edición argentina printed in the United States of America”. Aquí también se ponía el sol de una tarde de octubre, aunque fría y sin perfume, cuando, de la mano de la autora, me adentré en plena independencia argentina, en el abra de Tumbaya rumbo al Alto Perú pasando por el fresco vallecito de Tilcara. Me encontré, en el pequeño puesto de La Quiaca, con el hijo de Fernández Campero, el último marqués de Yavi, que estaba ahí con unos pobres correntinos. Y por un ratito, en el oscuro otoño escocés, me sentí muy cerca de casa.
Levanté la vista y el librero, pelado y gordito, me estaba mirando. “Lo llevás, ¿verdad?”, me preguntó.
sábado, 10 de mayo de 2014
Argibay
Para los que trabajamos
en el Poder Judicial, representaba la esperanza de que cualquier
pinche puede llegar a ministro de la Corte Suprema. Había ocupado
prácticamente todos los cargos de la carrera judicial, desde
auxiliar hasta juez de tribunal oral. En muchos de ellos fue la
primera mujer, como cuando la designaron secretaria de la Cámara
Criminal y Correccional de la Capital. En ese entonces, para las
mujeres estaban los cargos –bajos– en el fuero de familia. Penal
era cosa de machos. Y fue también la primera mujer designada en la
Corte en democracia. Su única antecesora era Margarita Argúas, una
civilista de prestigio que pasó fugazmente durante la dictadura de
Onganía.
Era mujer de despacho, de
expediente. Soltera, sin hijos, vivió siempre con su madre en un
departamento de la calle Montevideo, no muy lejos de Tribunales.
Desarrolló alguna actividad académica –la UBA la tuvo como
profesora adjunta, por concurso, de penal y procesal penal–, pero
lo suyo eran las causas. Junto con la otra mujer, Elena Highton, ex jueza de la Cámara Civil, le dieron el toque judicial a un tribunal donde se juntan miembros de la
política, del ejercicio liberal de la profesión y de la academia.
Las estadísticas de Gustavo Arballo demuestran que era una
solitaria: creía que la Corte era un tribunal constitucional que
debía expedirse sólo en temas trascendentales. No dudó en aplicar
el certiorari del art. 280 CPCCN en miles de expedientes, aún en
disidencia. “Los jueces, por definición, deben ser antipáticos”,
dijo una vez en una entrevista.
Su
voto en el caso del aborto no punible –“F., A. L.
s/Medida autosatisfactiva”–
es quizás el mayor exponente del pensamiento argibayano: a la Corte
le corresponde analizar si la norma es constitucional o no y punto.
Todo lo demás, la declaración jurada de que la mujer fue violada,
el instructivo a realizar por cada provincia para actuar en casos
como este, etc., son cosas que corresponden al Ejecutivo y al
Legislativo. Al decir que el aborto, en el supuesto previsto en el
Código Penal, es constitucional, se agota la competencia de la
Corte.
Estaba
esperando su voto en el caso del hombre en muerte cerebral cuya
familia solicitó su desconexión. Tendré que quedarme con las
ganas.
La
última vez que la vi me dijo que “me gustaría contarte
que estoy bien de salud, pero no es así”.
Fumadora empedernida con voz ronca, el cigarrillo terminó por
matarla. Ya en La Haya había alquilado un departamento moderno en
las afueras: las casas viejas del centro no tenían ascensor y se
agitaba al subir las escaleras. Además, precisaba lugar para poner
el piano: su madre, que la visitaba, era una impecable pianista. Al Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia iba en colectivo.
Tenía
asignado un auto con chofer, que usaba apenas para asistir a los
eventos oficiales. Mantenía un bajísimo perfil y ese anonimato le
permitía subirse a un taxi como cualquier persona de a pie. Los
hospitales donde se internaba me hacen pensar que incluso no tenía
medicina prepaga sino que se hacía atender por la Obra Social del
Poder Judicial.
Ferozmente
independiente, no le atendía el teléfono a quienes la llamaban y
rara vez aceptaba visitas en su oficina. Nunca le interesó ser
presidenta del tribunal; el cargo, además, implicaba ir todos los
días a firmar el despacho diario y su salud no se lo permitía. Sí
creó la Oficina de la Mujer, desde donde presentó estudios sobre el
machismo en el Poder Judicial y planteó crear lactarios en los
tribunales –aún hoy muy pocos los tienen–.
La
pérdida de Carmen Argibay no es sólo la de una gran jueza. Es,
sobre todo, la de una muy buena persona.
martes, 3 de diciembre de 2013
La situación
Vacía como pocas veces y con una ligera brisa agradable, la Cañada se estremeció con los primeros tiros que se oyeron desde la Vélez Sarsfield. El kiosquero de San Luis cerró la persiana con cara de terror y los pocos vecinos que quedaban se acobacharon detrás de sus dobles cerraduras.
Mientras uno puteaba porque se había olvidado de comprar puchos, unas cuadras más allá, donde Pueyrredón se convierte en Estrada, los celulares de los estudiantes pedían tregua ante las constantes llamadas de las madres angustiadas en provincias alejadas. El bar de la esquina de Buenos Aires, ese que nunca cerraba, funcionó como punto de reunión de los unidos por la desesperación, convertidos en ese momento en un aborto de grupo paramilitar. Cincuentones que no manejaban armas desde el servicio militar, veintiañeros que nunca hicieron el servicio militar y algunas mujeres armaban algo así como un plan de logística para defender la zona.
El contador González, el tipo más tranquilo de todos, fue el que le tiró el primer cascotazo a un motoquero que intentaba reventar la inmobiliaria de Sergio Villella. El contador González, el tipo más tranquilo de todos, se largó a llorar después, como quien no se reconoce. Justo él, que paseaba a su perro por el Parque Sarmiento todas las mañanas y que gustaba de oír a Bach, se había convertido en un violento. No se había dado cuenta, lo superó la sorpresa, la bronca, la incertidumbre, el miedo.
"Tranquilo, contador. Es la situación", oyó que lo consolaba alguien, mientras un joven con tonada santiagueña pensaba en voz alta que hay que ser pelotudo si creés que podés sacar algo de una inmobiliaria.
Al flaquito de la moto, que tendría unos veinte años como mucho, lo lincharon entre varios y el contador González se acordó de una foto de los de Sendero Luminoso en el Perú, que lapidaban a sus víctimas, que acompañaba una edición de un libro de Vargas Llosa que una vez había leído. El flaquito de la moto, que tendría unos veinte años como mucho, terminó la napia contra el asfalto, ensangrentado. Al contador González le impresionó que no gritara, que estuviera resignado ante su suerte, como quien no tiene qué perder.
"Basta, basta, ¡lo van a matar!", se oyó a sí mismo gritar el contador González, y los cincuentones se frenaron y lo miraron con sorpresa. "¿Por qué basta? Que se cague", se quejó una señora.
Por la televisión del bar de la Buenos Aires insistían en que habían destruido el Cordiez de frente al Teatro y el kiosquero de San Luis y Belgrano se agarró la cabeza cuando vio que no había renovado el seguro del local, ese que su mujer había sacado una vez sin avisarle. En el edificio del contador González, sobre Obispo Oro, el guardia de seguridad, él también muerto de miedo y pensando en su familia en Ciudad de Mis Sueños, terminaba de recorrer los pisos. "Apaguen las luces, bajen las persianas y si van a ver la televisión bajen el volumen", les pidió a los copropietarios e inquilinos.
Hasta LV3 había cambiado los boleros de trasnoche de Luis Beresovsky por un noticiero.
Por la Cañada ya no caminaba nadie y se oía el ruido de la ambulancia que iba a buscar al flaquito de la moto para internarlo. El contador González, abatido, abandonó el puesto de vigilancia vecinal y al caminar vio que todos los que circulaban lo hacían unos al lado de los otros, buscando protección. "En manada", pensó el contador González, pero la vidriera rota de la panadería de su cuadra le interrumpió las reflexiones. Adentro no quedaba nada salvo el dueño que lloraba.
Saludó con una mueca al guardia de seguridad, subió al tercer piso y vio que al abrir el ascensor varios vecinos se asomaban. "Ah, contador, es usted, qué susto", le dijeron, y volvieron a encerrarse. Encendió el televisor y le dieron ganas de fumar a él que nunca había fumado. Buscó en la cajonera de la cocina y encontró un atado de Particulares de su madre fallecida. Con un fósforo encendió el cigarrillo y tosió al aspirar. "En las películas se ve más fácil", dijo en voz alta y apagó el pucho contra un plato.
Encontró al perro debajo de la cama. "Vos también tenés miedo", le dijo forzando una sonrisa.
Por la pared del dormitorio oía el televisor encendido en el departamento de al lado. El gobernador había vuelto de vacaciones por la crisis y anunciaba, con tono heroico, que no daría el brazo a torcer. La cara del flaquito de la moto, que tendría unos veinte años como mucho, se le apareció, seguida por el sonido del cascotazo y el "Que se cague" de la señora.
Pero lo que más fuerte oía el contador González era la voz de aquel hombre que, con naturalidad, lo consoló.
"Tranquilo, contador. Es la situación."
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